La primera vez
fue una flecha
clavada en mis sentidos
del más puro realismo
impresionante.
La segunda vez
fueron trazos del pincel
que capturan el impresionismo
de un instante.
Realismo,
impresionismo,
una y otra vez.
Sin duda,
la nobleza del pincel.
Realismo,
impresionismo,
una y otra vez,
para descubrir lo que hay
más allá de la penumbra
de un taller.
En el fondo iluminado
la diosa del Arte,
perturbada,
castiga a la tejedora soberbia
por hilar los amores engañosos
de su Padre.
Por si su fuerza de diosa
no bastase,
le impulsan los acordes
de una mágica viola.
Pero solo puede volver mi vista,
sin posible resistencia,
al movimiento de la rueda
que vigilan mitológicas hilanderas.
Se afanan en las labores
con el ritmo delicado
que engrandece el trabajo
en su particular Capilla.
Dos de ellas,
como deben,
son la diosa de la rueca
que está de frente
y la tejedora castigada
está de espaldas
con el hilo entre las manos
que lo llevarán al tapiz
de cupidos alados.
Realismo impresionante.
Impresionismo de un instante.
Realismo,
impresionismo
y un mito copiado,
desafiante.
Sólo pudo pintarlo
con su mano
el dios del Arte.

Q bonito José María. Cuanta verdad y cuanta dulzura para hablar de esta obra q nos enamora a todos, como sin duda a Diego de Velázquez
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