El único crucificado
que compartió
durante algunas noches
mi humilde cabecera,
fue fruto de la oración
de Un Santo
y de los sueños compartidos
por Un Genio.
Una nota no escrita en la madera,
cuyos pliegues señalan
que alguien la ha doblado,
anuncia la falta de atributos
en una histórica escena
alejada ahora
de los cánones marcados.
Ni herido. Ni clavado.
Ni sangre. Ni dolor.
El sufrimiento quedó anclado
al dormitorio de los padres
de mis padres;
y al de ellos que también
fueron clavando.
Al igual
que en las capillas,
en los altares
y en las vidrieras
que buscan en las alturas
como durante siglos
han ordenado.
El único Cristo
que en algunas noches
compartió
mi humilde cabecera,
fue en su origen
el éxtasis dibujado
por San Juan,
el de la Cruz,
trasladado al lienzo
de realismo fotográfico
con la mano
que pinta al dictado
de las voces de otro lado.
Crucifixión en fondo negro
anclada al cielo
sobre las misteriosas nubes
que quedan bajo nuestra mirada...
E iluminadas
por un resplandor
que parece cinematográfico.
Su luz alcanza
un paisaje en calma
del Port
que mira en otras telas:
la bahía,
la barca en la orilla
y el trabajo de los pescadores...
¿de almas?
Y en el claroscuro
la figura humana flota
sobre la verticalidad de la madera,
proyectando
en el travesaño central
una alargada y difícil sombra
de brazos y manos,
como una imposible diagonal
que así lo marca.
Como si fuera
El Padre
quien lo viera.
Por encima
de los empequeñecidos pies
y las piernas en perspectiva,
su cuerpo relajado
bajo la inclinada cabeza
que oculta el rostro
y muestra,
sobre los músculos
del cuello y de los hombros,
su corta cabellera
sin corona, sin espinas.
Ni contorsiones. Ni heridas.
Ni suplicio.
Solo Metafísica.
Solo Belleza.
Anuncio de las vidas
que necesitan
una Nueva Mirada.
La única Cruz
que durante algunos años
colgó sobre mi pecho,
hace ya mucho tiempo
que abandonó mi cabecera.
San Juan de la Cruz, 1572-1577.
Convento de la Encarnación, Ávila.
