Divertidas.
Lúdicas.
Rurales y bucólicas
para lucirlas
en el comedor de su Alteza.
No pudo el Pintor Ilustrado
sino mostrar un cartón
que no pudo ver colgado
en Aquella Superior Habitación.
No quiso ocultar los rostros
de tristeza y disgusto casi vencido.
Ni con el abrigo desprotegido
de las mantas castellanas,
ni con los copos de nieve
empujados a los rostros
por el áspero viento deshojado.
Víctimas de la insaciable crueldad
de un rudo y brutal invierno
-como de la misma vida
desfavorecida-
recorren las blancas dunas heladas
soportando el susurro níveo y grisáceo
de la desarrapada noche fría.
Y con ese miedo de estado humilde
se apartan prudentes y temerosos
por encima del camino,
para dar paso a los casacas,
el primero escopeta en mano,
el segundo tirando de la carga
de carne recién sacrificada.
Aún si cabe,
se hace más difícil la marcha.
Más difícil la mirada.
Impiedad de la naturaleza.
Inclemencia después del día
y del día después.
En el basto desierto de hielo,
la soledad montañosa se rompe
y se cruzan las trágicas bolsas
-casi vaciadas y a la cintura-
con la opulencia de la matanza
dirigida por el mulero
a una Alta Casta.
Las escuálidas ramas
que también resisten
- cedidas por la ventisca
como solitarios elementos
de un paisaje en desnudo integral-
componen la verdadera escena
de la dura estación
que los obliga a caminar
"con el rabo entre las piernas"
-imitando al claro oscuro
amigo de estos hombres-.
Nunca se colgó el tapiz
frente a la vista del Comensal,
porque rasgó el pincel
la apacible amabilidad;
porque mostró la Razón
el fracaso de las esperanzas
y la oscuridad de la existencia.
La Obra de un Crítico Genio Real.

