jueves, 17 de octubre de 2024

Trazos de la Historia: "La cruel realidad de una dura estación".

 


Museo del Prado


Divertidas.

Lúdicas.

Rurales y bucólicas

para lucirlas

en el comedor de su Alteza.


No pudo el Pintor Ilustrado

sino mostrar un cartón

que no pudo ver colgado

en Aquella Superior Habitación.


No quiso ocultar los rostros

de tristeza y disgusto casi vencido.

Ni con el abrigo desprotegido

de las mantas castellanas,

ni con los copos de nieve

empujados a los rostros

por el áspero viento deshojado.


Víctimas de la insaciable crueldad

de un rudo y brutal invierno

-como de la misma vida 

desfavorecida-

recorren las blancas dunas heladas

soportando el susurro níveo y grisáceo

de la desarrapada noche fría.


Y con ese miedo de estado humilde

se apartan prudentes y temerosos

por encima del camino,

para dar paso a los casacas,

el primero escopeta en mano,

el segundo tirando de la carga 

de carne recién sacrificada.

Aún si cabe,

se hace más difícil la marcha.

Más difícil la mirada.


Impiedad de la naturaleza.

Inclemencia después del día

y del día después.

En el basto desierto de hielo,

la soledad montañosa se rompe

y se cruzan las trágicas bolsas

 -casi vaciadas y a la cintura-

con la opulencia de la matanza

dirigida por el mulero

 a una Alta Casta.


Las escuálidas ramas

que también resisten

- cedidas por la ventisca

como solitarios elementos 

de un paisaje en desnudo integral-

componen la verdadera escena

de la dura estación

que los obliga a caminar

"con el rabo entre las piernas"

-imitando al claro oscuro

 amigo de estos hombres-.


Nunca se colgó el tapiz 

frente a la vista del Comensal,

porque rasgó el pincel

la apacible amabilidad;

porque mostró la Razón

el fracaso de las esperanzas

y la oscuridad de la existencia.


La Obra de un Crítico Genio Real.

jueves, 3 de octubre de 2024

Trazos de la Historia: "La infinita expresión del cosmos".

 



Tenemos el privilegio de ver
lo que él podía ver.
Podemos sentir
lo que él sintió.
Y lo hacemos
a través de su lienzo
dinámico y turbulento.

Mientras la quietud del pueblo
y sus campos de olivos
son arropados
por las líneas onduladas
de las colinas,
el cielo vive todavía la noche
en un amanecer anunciado
por la claridad de Venus
-acariciada por las ramas
agitadas-.

Catorce remolinos
nos convencen de su enredo,
proyectando su energía
en el movimiento
y su fuerza en el tamaño 
de cada pincelada.

Corrientes del cielo
entre estrellas vivas
que construyen una constelación
de nebulosas espirales
para nutrir de consuelo
la convulsa vida en retirada.

En la esquina,
 marchándose rodeada
de un halo de zinc,
la luna decreciente
desprende su fulgor amarillo
de pigmento indio.

Tenemos el privilegio de ver
lo que él podía ver,
y no podríamos conseguirlo
si no es por su pincel.

Iluminada inquietud del ciprés,
que como vínculo 
entre el cielo y la tierra,
no puede evitar su balanceo
acariciando el azul cobalto
y tocando con sus puntas
abajo,
 la estrella de la mañana;
más arriba, 
el brazo del aire;
y en su punta más alta, 
el camino de la eternidad.

Como su mente, 
como su mano,
también agitadas
al estudiar el mundo
que adivina encontrará
en otra dimensión de la esperanza,
cuando llegue el viaje final
hacia la estrella señalada,
hacia el umbral de la serenidad;
será ése, cercano,
el paisaje ansiado
para su música pura y perfecta;
el más allá indicado 
también por la aguja de la iglesia.

El esfuerzo de nuestras ciencias
por conocer 
la infinita expresión del cosmos
estaba en su mente alucinada,
en su hipersensible retina
y en la violenta cadena de sinopsis
que circulaba entre ambas,
impulsada
 por una fuerza interior
en lucha consigo mismo
y con todos los demás.

Gracias al Maestro,
podemos ver 
el paisaje perfecto
de la quietud de un pueblo, 
 de sus campos,
alumbrados
 por la luz
 de catorce remolinos
que son
 la expresión del cosmos
y la entrada 
a la eternidad.

El cambio que no quiero: años pasados.

  Cuando pensábamos, confiados,  que los oscuros años ya nunca volverían, Joaquín deshojaba una adivinanza que provocaba la risa de los pres...