entre miembros dislocados,
amputados,
impregnados
del polvo gris que mancha
de un oscuro color ceniza
casi todo.
Cortada
la pierna de la Mujer arrodillada
que arrastra sus heridas
mirando hacia la luz de la Esperanza.
Desmembrado por el suelo
el Caído,
quien aún sujeta la espada rota
en la reciente lucha;
pisoteados están sus miembros
por el Caballo herido,
que imbuido de una tenaz resistencia,
aguanta en pie luciendo
la lanza mortal de su costado;
aún tiene aliento para amenazar
con su lengua afilada
a la potente fuerza destructora.
Máxima expresión del sufrimiento
en los rostros cruelmente desencajados
por la amenaza mortífera del pasado,
del presente, incluso del futuro
-pues hasta la paloma
está escondida,
oscura y malherida-.
En un extremo,
el dolor de la pérdida inocente
que una Madre recoge entre sus brazos
mientras pide el auxilio no correspondido
de un oscuro retrato Bovino amenazante.
Al otro lado, desesperada,
está Encerrada
la angustia entre paredes;
abierta la ventana
grita, implora, suplica,
como retrato vivo de la desolación
de quien afronta
el drama de la muerte
entre las llamas.
Y entre los restos de la tragedia,
entre la destrucción implacable y criminal,
pocos signos de la desolada y frágil esperanza.
Solo la Flor sujeta junto a la rota espada;
solo la Luz que la Mujer asoma
por el vano del muro
como un débil Quinqué
junto al Ojo de Luz opresivo y vigilante
que ilumina la escena
como anuncio del final del desenlace.
Máxima expresión del caos,
del sufrimiento.
Mínima expresión de la esperanza.
Pero siempre la imagen
que fue y será:
instrumento de guerra
proyectado en las conciencias.

