Imagen que rebosa de realismo
la sencillez y la inocencia
de la chica de espaldas
con los pies pequeños;
modelaje doméstico en Cadaqués,
ocio familiar
que penetra en la intimidad.
Anna se apoya sobre la ventana,
que sirve de conexión
con el paisaje enmarcado y reflejado
en el solitario batiente derecho;
aunque nos hace pensar
en qué medida conecta también
con el mundo de su imaginación.
¿Mente consciente?
¿Sueños en la contemplación?
¿Lo uno, lo otro o los dos?
La mirada se asoma al puerto.
La meditación se llena
con suspiros de sabor a sal;
mientras, a través de las cortinas,
se filtra el mar
con la salada caricia de la brisa,
para hacerlas volar,
para penetrar en su cuarto sin sombras,
para perfilar con soltura
la caída de su vestido.
Tela azul.
Agua azul.
Aire azul.
El mar refleja el cielo.
El mar marca el trazo fino
de los bordes de su silueta femenina.
El mar difuminado por la presencia
de las olas al fondo,
con las que parecen confundirse
como extensiones del agua
en movimiento,
los rizos de su pelo.
Como la tela cae hacia abajo
sobre su cuerpo,
el oleaje resbala hacia arriba
sobre su ondulado cabello.
Uniformidad cromática del realismo
en la parte del mundo
que sus ojos capturan para nosotros,
junto al vasto inconsciente
que se sumerge
en la parte de su visión y su pensamiento
que aún hoy no conocemos,
pero en el que también nos envuelve.

