Con los pies descalzos,
sobre el asfalto
en el que el hombre ha marcado
la línea de una indeleble frontera
que todos debemos alcanzar
inevitablemente,
tomo impulso para cruzarla
con las manos ocupadas
por el pasaporte del optimismo,
que aprieto agarrando las páginas
que llenaré con sellos
de mil formas y colores.
Suave, pero escurridizo,
este inclinado escalón
que me conduce hacia la cima
de una escarpada montaña
que todos debemos escalar,
irremediablemente,
me impulsa a disfrutar
de esta ansiada etapa
mientras miro hacia arriba
para encontrar, allí también,
la belleza,
para recoger, allí también,
las muestras
que minuto a minuto guardo
en mi laboratorio de felicidad.
Al otro lado,
un largo puente,
construido con las vigas
de un orgulloso pasado,
que arqueado por mil ojos
reparten el caudal
para después permitirle
volver a unirse
en sus tres dimensiones.
Aprovecho para calmar
la sed del peregrino.
Sigo el sendero que traza
su sinuosa y exuberante orilla
en dirección
a las personas que quiero,
en dirección
a las personas que querré.
Y tras el camino,
un tren de largo recorrido
me conduce
por nuevas estaciones
que todos debemos conocer,
irremisiblemente.
Con la mentalidad positiva
y enriquecida
del empedernido viajero,
dejo lejos la nostalgia,
y sin tiempo para ella,
vivo el día agitado
por el deseo de conocer,
de saborear,
de descubrir,
de viajar...
por los lugares y por las personas.


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