El mundo entero desaparece
cuando la fuerte intensidad de una serena ternura
absorbe por completo la mirada del pintor.
La Esposa y la representada Hija
descansan envueltas en un mar
de blancos matizados
de grises,
de violetas,
de rosas,
de amarillos.
Particular arco iris de tonalidades
por el que navega la emoción
del padre,
quien acaricia los infinitos matices
de la pureza.
Una línea directa y continua
empieza en la mano materna,
que agarrada al embozo
como una cadena,
asoma sus dedos
y desliza su mirada feliz
desde la lividez del rostro
que expresa el esfuerzo,
hacia el deleite del sueño
recién nacido.
En el rincón de una incompleta habitación,
la luz compone una nívea sinfonía
en el delimitado espacio íntimo
del respetado recogimiento.
Solo cabe una simple referencia:
la representación del amor
en un cálido recuerdo.
En la cama recortada y rodeada
por un muro gris,
se alimenta el incendio blanco
del amplio lecho,
que cubierto
por las sábanas que insinúan
el reposo de los cuerpos,
deja emerger las dos cabezas
envueltas en una explosión de claros.
La madre de oscuros cabellos
asoma el rostro azulado
mientras complacida reposa
por la contemplación de las mejillas
que en la pequeña muestra un cálido rosa,
recién nacida.
Se cierra el círculo inmaculado
que nace del pintor al lienzo proyectado
sobre la madre acurrucada
que atraviesa el claro océano
de la cama
con su mirada
hacia la hija deseada,
para volver desde ella
al devoto pincel que tanto las ama.

Qué bonito y qué entrañable. Y eso que yo no soy de poesía, pero ese tema me llega. Un abrazo muy fuerte
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