Desde que abandoné las felicitaciones por correo postal, he reciclado año tras año aquellas felicitaciones digitales recibidas de vosotros que más me gustaban para reenviarlas. Este año, al hilo de mi nuevo proyecto "Trazos de la Historia", he querido enviar una felicitación más personal para estos días de fiesta. Y entre los grandes genios de la pintura, he elegido a Rembrandt, sirviendo también como recuerdo de mi paso por Múnich hace ya once años.
Bajo el arco,
la mágica mano impresionista
compone una estampa natural
del recién nacido entre telas
transportadas en la cesta,
con un impresionante realismo
que alcanza con sus dedos
la intimidad del establo.
Trazos hábiles y firmes
dibujan en pinceladas rápidas
las claras y expresivas figuras
que con devoción lo rodean.
En un simple cajón,
sobre el suelo,
el niño es el foco de luz protagonista
que alcanza de lleno a sus padres,
e irradia
hasta llegar a la penumbra tenebrista,
mientras se va perdiendo,
en la sombra,
como esencia
sutil y cálida de la profundidad.
Oscuridad
ocupada en el fondo por los animales
y en las alturas
por el emplumado nocturno
que domina la escena
sobre la barra de madera
en el solitario cobertizo
al final de la escalera.
La reverencia de los más cercanos
y la contemplación del resto
-como representantes de la Humanidad-
iluminados por un débil farol,
expresan la emoción
en una escena rural, rústica,
que celebra la Nueva Vida
con un contenido e intenso deseo
de Ilusión y Felicidad.

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